lunes, octubre 03, 2005

EL GRITO

Siento los espectros mirándome en lo profundo del bosque, yo sigo caminando, sigo huellas de pasos ensangrentados.

Oigo un grito a lo lejos, un horrible gemido se distingue por todas los rincones del bosque, huelo un profundo dolor inmerso en el ambiente; otro grito aún más agudo, parece una hermosa tortura sin piedad, algo exento de misericordia, inhumano. Camino más de prisa, me interno cada vez más en lo profundo del bosque, no quiero mirar atrás, pero se que ese espantoso grito me sigue los pasos; distingo una sombra a mi derecha, luego otra a mi izquierda, oigo el sonido de una rama quebrándose detrás de mí; ya estoy rodeado, me dije.
De repente sale de las sombras una persona encapuchada con una larga túnica, lo siguen otros y otros y otros, salen de todas partes, me rodean; no puedo reconocer sus caras debajo de las capuchas oscuras, no quiero morir en manos de alguien al que no puedo distinguirle el rostro. Saco mi espada preparándome para el primer encuentro, si voy a perder mi vida no me iré sin llevarme a unos cuantos conmigo, pensé. Algunos portan espadas, otros hachas brillantes.
Se acercan cada vez más, no parecen reconocer el valor en mi semblante. Oigo de nuevo aquél grito cargado de horror y dolor, recorre por todo mi cuerpo un vago escalofrío, veo mi futuro incierto en ese gemido, pero no tengo miedo, solo tengo ganas de matar, de ver su sangre alimentando a las plantas. Son muchos, solo distingo sus ojos, unos ojos sin pupilas; si me pudieran mirar me mirarían con odio. Descargo el primer golpe, me lo bloquean fácilmente, luego mi espada cae al suelo bañada en la sangre caliente de mi mano desgarrada.
Levantan todos las armas, solo espero el golpe final, solo espero ver mis miembros traspasados y mi cuerpo desecho, ya lo imagino, un amasijo de sangre y pedazos podridos dispersos por la hierba.
Oigo de nuevo ese grito bestial y desgarrador, esta vez mi corazón late sin prisa, la sangre de mi mano se detiene de su cauce, ya no siento la herida, solo siento la muerte descargando secamente su guadaña en mi cara.


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