El frío de la ausencia...
En un tiempo y espacio muy lejanos de la realidad se hallaba una princesa en su castillo de hielo, en medio de la hermosa bóveda infinita de la media noche.
Desde la torre más empinada la dama admiraba la negrura del firmamento y los cuerpos luminosos que como ella podían brillar en la lejanía. Con inmensa tristeza y dolor observaba los etéreos astros que en tiempos no muy distantes fueron sus compañeros de su amarga soledad en muchas noches de vigilia. Ahora con una lágrima se despedía de todo aquello para emprender su viaje hasta la muerte; la princesa entonces quería romperse en mil pedazos contra el hielo de su lago, que abajo pacientemente la esperaba, y así pensaba ella poner fin a tanta desgracia. Con el viento jugueteándole y acariciándola suavemente en sus finas formas, recordaba sus pocos momentos de alegría que anhelaba volver a vivir, así como sus tan amadas verdes praderas y colorido. Pero ahora rodeada de aquellos buenos aires ya solo esperaba el momento propicio para poner fin a su hermosa existencia.
Nunca ante los ojos de algún ser mortal se reveló la dama del hielo como una criatura más sublime y grandiosa como lo fue para aquél caballero errante y taciturno. Él contempló como el cabello negro de la dama, así como su vestido, se ondeaban suavemente creando una ilusión incomprensible; tal como si la noche misma estuviese desplegando sus alas para volar al infinito. Así que aquél guerrero de la negra armadura cansado de haber enfrentado innumerables peligros, tierras inhóspitas y pasajes oscuros, recobro súbitamente todas sus energías, esperanzas y ganas de vivir al contemplar a la sublime diosa del hielo. Y aunque en esas gélidas tierras ninguno de sus habitantes se hubiesen percatado de la majestuosidad de esa mujer tan grandiosa, al contrario, aunque la hubiesen tratado con desdén, el caballero negro la consideró superficialmente como una simple creación divina, de otro mundo, con una gracia sin par que en pocos lugares de aquél paraje hallaría.
Nadie, ni ella misma, supo con certeza por qué dio esos pasos al vacío finito; tal vez llevada de la mano por sus sentimientos de soledad, incomprensión y amargura por nunca haber conocido esa palabra que muchos definieron como “amor”. Y todo eso, exactamente eso había sentido toda su vida el grandioso caballero negro, que ahora ilusamente pensó por un momento que aquella mujer seria la llave de esa horrible prisión.
Pero entonces todo sucedió:
La princesa se arrojó desde la altura y alcanzó a observar en la caída como el caballero de la armadura negra la miraba con temor. La triste dama chocó contra el agua congelada y súbitamente falleció, haciendo que con el impacto el hielo se abriera a su paso en mil pedazos.
El caballero vio impotente como el ser más hermoso y divino se hundía en las frías profundidades hasta perderse de su vista, tiñendo de rojo a su alrededor las apacibles aguas heladas. El caballero en ese momento no supo que hacer, se sintió derrotado al ver los vestigios de las vestiduras de la princesa todavía flotando y los apretó con su mano. Se sintió en ese momento funesto un ser totalmente inútil al haber sido incapaz de detener la tragedia. Pronto comprendió que en su maldita existencia estaba condenado a la desgracia y a la soledad eterna, condenado a ver como todos sus sueños se veían frustrados y desmoronados como una avalancha de realidad que lo cubría hasta sepultarlo.
Entonces el errante caballero con el pedazo de tela negra en la mano, cerca de esas apacibles aguas blancas con tintes rojizos, lloró. Lloró por primera vez por la simple razón de haber nacido, por haber tenido que afrontar con gallardía su vida sin que esta le hubiese dado la mano; por nunca haber encontrado el amor y por ser tan iluso y soñador en esta vida al pensar que por fin la medicina para su soledad y tristeza se había revelado y a su vez por haberla perdido así de rápido sin siquiera dirigirle una palabra audible.
El caballero de la noche se recostó muy cerca al hielo y descansó todos sus males y lágrimas hasta quedar completamente dormido.
Al otro día, en una fría madrugada sin sol, algunos vieron a un hermoso caballero muy cerca al castillo del famoso rey, totalmente congelado. En su mano apretaba una prenda negra ensangrentada, parecía que como si en un intento desesperado por alcanzar el amor hubiese rasgado con su espada un trozo de la noche; y en realidad así lo hizo...



1 Comments:
Es maravilloso, es el cuadro mas triste y hermoso que he visto en tu página.
Karen
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